Foto: I.N., Árboles y farolas en París, 2009
Ayer tuve la mala fortuna de asistir a una reunión en la fea y lujosa Conselleria de Política Territorial de la Generalitat, otro edificio enfermo en un barrio feo, donde sólo las jóvenes acacias que se agitan ocultan un poco la fealdad tremenda de ese lugar, la espantosa estación de Sants, el hotel, la plaza dura, los edificios mediocres y sus bares grasientos.
Nos recibía el director general del Transporte Terrestre de la Conselleria de Política Territorial de la Generalitat, Manel Villalante, además del gerente del distrito de Sarrià Sant Gervasi y un responsable técnico de quien no recuerdo el nombre, y yo acompañaba a la líder resistente en este intento de salvar los almeces, una señora culta y elegante, octogenaria, Margarita Sánchez Cerrudo, que iba con su hija y con el abogado Savory, también de su quinta.
Allí nos confirmaron que se llevarán nuestros hermosos lledoners, plantados hace ochenta años por el industrial perfumero Icart (eran otros tiempos) junto a su fábrica. Los cortarán en enero-febrero. Destruirán nuestra hermosa "plaza Magritte", como la llamó Maria Casasses, le quitarán sus farolas (se han inventado que las farolas decimonónicas no están homologadas en Europa y mientras todas las ciudades europeas -lo he ido comprobando en París, Londres, Luxemburgo, Bruselas y etc- conservan las suyas y componen escenas de Brassaï en las noches húmedas, aquí convierten la ciudad en autopista sin que nadie proteste), desaparecerá su atmósfera.
También confirmaron sus prioridades: el metro "no se podía hacer en otro sitio", porque los parkings son para ellos sagrados. Yo les dije que en cualquier otra ciudad de Europa los árboles y el oxígeno valen más qe los parkings. Aquí, los parkings son siempre prioritarios. Así, con la obligación de que cada casa nueva tenga su parking, se han cargado uno a uno casi todos los pequeños jardines que hacían de Sant Gervasi un barrio verde, de aire respirable y lleno de pájaros. Pero la gran diferencia es que los ciudadanos de esas otras ciudades aprecian el verde, mientras que los de aquí son como ellos, sólo piensan en tener el parking debajo de casa aunque eso signifique respirar mal, sufrir alergias, tener más ruido. Y tiran la basura al jardín del azufaifo. Y en cuanto a la belleza, ni siquiera saben que existe.
Hablaron de las cámaras del mercado, también cobijadas en la fea plaza dura adyacente, la antigua plaza Pitarra, ahora Frederic Soler, que fue tan bonita y ya afearon hace tiempo. Ahora esas cámaras son sagradas, pero cuando desgraciaron el mercado por completo y lo despojaron de todo sentido no parecía importar nada.
Barcelona era una ciudad bonita y ahora es la ciudad del cemento y el parking.
Cuando critiqué la estación de Plaça Molina se enfurecieron, según ellos soy la única persona a la que no le convence. Para ellos no existen esas decenas y decenas de personas extraviadas en esos pasillos y túneles, ni los vecinos sensibles que añoran su plaza de antes con los árboles y tierra de arriba, y su sombra en verano, y para ellos, el argumento de que antes había que ir a Gràcia para cambiar de tren compensa sin duda toda destrucción. Hay gente que sólo valora esa clase de "comodidad".
Cuando les dije que según la OMS estamos por debajo del porcentaje de árboles por habitante necesario para conservar la salud, me dijeron "Oh, es que es una ciudad muy densa", como si ellos, cargándose los jardines, no contribuyeran. Aunque el ingeniero que nos explicaba orgullosamente la parte técnica de los pozos y avances tecnológicos, me confesó que me comprendía porque tampoco le gustan las plazas duras.
Muy agradecidos nos dijeron que gracias a la resistencia de los vecinos, algo se avanza. Van a trasplantar esos pobres almeces (que en ningún caso podrían volver a la plaza, si resisten sería en muchas mejores condiciones), pobres porque no los han cuidado, ni curado ni atendido como en cualquier otra ciudad europea se mantiene a los árboles, invertirán mucho dinero en esa delicada operación, dejarán tierra (no como en Lesseps, donde no dejaron ni un palmo) y nos traerán árboles jóvenes, que compran ahora, así que con suerte tendrán unos pocos años y según ellos serán de buen tamaño (nadie dijo que un árbol centenario oxigena diez veces más que uno joven). Quieren poner alguno de esos pobres almeces (podados y recortados y bonsaizados necesariamente para trasladarlos) en la plaza frente al Barcino, donde hace unos meses los vecinos vieron desolados cómo una mañana, sin avisar, cortaban salvajemente un pino centenario y todos los demás árboles para empezar unas misteriosas obras.
Nos prometieron enseñarnos el proyecto en dos meses, teóricamente para que haya tiempo de proponer enmiendas. Es verdad que gracias a la resistencia de los vecinos se han asesorado con gente que sabe de árboles. El problema es que luego, a la hora de las obras, no jueguen el papel que juegan en las ciudades europeas, donde los trazados tienen en cuenta el verde como una prioridad y los arquitectos de jardines son importantes como los otros. Aquí el espíritu no cambia, no gastan más en el mantenimiento del arbolado de la ciudad, no usan gente preparada sino peones mal dirigidos, no podan, hacen escabechinas, no cavan suficiente para plantar, ignoran todas las normas europeas respecto a los árboles. Y para el trazado del metro buscan los jardines, ya que consideran los parkings intocables. ¡En una ciudad sin jardines! Prefieren gastar dinero en dudosos trasplantes y cargarse todas las arboledas para su maravilloso metro. "Las ciudades tienen que evolucionar", dicen. Pero deben de viajar con los ojos vendados. Y hay tantos ciudadanos sumisos y que todavía no saben que necesitan del verde para respirar en esta ciudad y que la belleza también es necesaria para el espíritu, para no enfermar.
A partir de enero-febrero, cuando se los lleven, yo andaré hasta Muntaner Via Augusta a coger el metro, para no ver el horror. Serán cuatro años de obras sin árboles. Y obras al estilo salvaje de aquí, sin las cuidadas y civilizadas pasarelas que ponen en París y Londres, donde los ciudadanos siguen contando (porque no son tan sumisos como aquí, y es que el franquismo mató para siempre este país) y la belleza también. ¿Y si pierden las elecciones? Habrán cortado los árboles, destruido la plaza y tendremos que empezar a negociar de nuevo para que nos dejen tierra, para que traigan algún árbol a la nueva y necesariamente fea plaza, porque en esta ciudad no se hace nada nuevo que no sea horriblemente feo y equivocado.
Así que ahora que Bel M. me manda el Assaig de càntic en el temple de Espriu, me parece bastante exacto, sobre todo los primeros versos:
Oh, que cansat estic de la meva covarda, vella, tan salvatge terra,
i com m’agradaria d’allunyar-me’n,
nord enllà,
on diuen que la gent és neta
i noble, culta, rica, lliure,
desvetllada i feliç...