lunes, febrero 15, 2010

En El País, de la ciencia en este país

Foto: I.N. Fachada enmrañada en Girona, 2010
TRIBUNA: FRANCISCO J. TAPIADOR Generación Cajal La ciencia es una maratón; cuentan la resistencia, la paciencia y la regularidad, por lo que el esfuerzo para conseguir algo tiene que ser suficiente y sostenido 14/02/2010 Hace nueve años, el entonces Ministerio de Ciencia y Tecnología creó el programa Ramón y Cajal. Su objetivo declarado era atraer a nuestro país a los mejores científicos en las ciencias naturales, sociales y en las humanidades. Para ello, se lanzaron anuncios en revistas como Science o Nature ofreciendo contratos de cinco años con un sueldo digno. La idea era que los mejores investigadores, tras finalizar ese periodo, y tras una tercera evaluación de su trabajo, se integraran plenamente en las universidades y centros de investigación. La selección de los candidatos fue llevada a cabo de manera transparente por comités de expertos internacionales independientes, utilizando un baremo público y objetivo. Un avance para un árbol de la ciencia de raíz preconstitucional, tronco endeble, y ramas carcomidas por la endogamia, el machismo, la regalía, y el sectarismo; entre otras patologías. Bautizar como Ramón y Cajal a este proyecto fue un acierto, y tal vez una manera de pactar con el pasado. Una promesa de que la odisea que tuvo que sufrir Cajal para investigar en España no se iba a volver a repetir. El programa ha reclutado a más de dos mil doctores desde la primera convocatoria. Muchos de ellos eran jóvenes que, tras acabar la licenciatura, habían tenido que irse fuera buscando una oportunidad que aquí no encontraban. Personas que se licenciaban o doctoraban en Zaragoza, pero que se tenían que ir a continuar trabajando en Cambridge o en la Sorbona. Evitar esta sangría de mano de obra hipercualificada, un dispendio económico, se ha venido considerando desde entonces una prioridad por todos los gobiernos, tanto los del PP como los del PSOE.
Con el programa también se consiguió contratar a extranjeros sin ninguna vinculación anterior con España, pero que se vieron atraídos por las promesas de una carrera científica bien estructurada, con etapas definidas que cubrir, criterios objetivos de evaluación, y visos de continuidad, es decir: competitiva internacionalmente. Estos investigadores, junto a otros muchos científicos españoles que no participaron en el programa pero que son igualmente competentes, forman una generación Cajal de personas que, por primera vez en nuestro país, tal vez podrían dedicar su vida a la ciencia.
Si parece que es esta generación la que ha sido preparada, financiada y alentada para descubrir, inventar y producir; y si nuestro crecimiento económico y bienestar depende de ello, no se entiende que se reduzca la inversión en ciencia y que no se ofrezcan medios adecuados a los científicos.
Recortar la inversión en ciencia, ya sea directamente, mixtificando las partidas en forma de créditos, reorganización interna, gasto militar, o bien no ofreciendo continuidad a las investigaciones, es un sinsentido en un escenario de crisis económica. Esta opción irreflexiva cercenará la ventana de oportunidad que se abrió con un programa que, con sus luces y sombras, es una referencia internacional. Gastar menos en ciencia es la receta inversa de la prescripción necesaria a corto, medio y largo plazo. Aunque se entiende la buena intención y la relativa necesidad social de las otras inversiones paliativas que se han llevado a cabo, debería observarse que las buenas intenciones no solucionan problemas, salvo en los cuentos infantiles. Olvidando el viejo apólogo sobre darle un pescado a un pobre o enseñarle a pescar, se equivoca la ministra cuando dice que la prioridad del Gobierno no puede ser la I+D. Además de ser una actitud muy poco progresista, es justo al contrario. No nos podemos permitir, como economía avanzada, que no lo sea.
Resulta difícil transmitir con suficiente énfasis la importancia que tiene para todos el que España cuente con buenos científicos. La ciencia es la base de la economía moderna en todos los sectores. El impacto sobre la economía de los que se dedican a preparar nuevos materiales, a diseñar nuevos sistemas de energía, o a construir robots es sólo la punta del iceberg. El efecto de la investigación médica para la salud, o de la genómica para la agricultura es evidente. Pero contar con buenos matemáticos es también crucial para que pueda haber otras personas dedicadas a las telecomunicaciones, desde el ingeniero que diseña una red, hasta el operario que pone a punto nuestra línea de internet, o a la persona dedicada al control de calidad en una fábrica. Lo mismo para la física. Participar en los grandes proyectos de fusión nuclear, de física de partículas, de climatología, o de óptica cuántica es imprescindible para luego poder transferir estos conocimientos al sector industrial español y crear empleo en todos los estratos formativos.
Las grandes empresas industriales han nacido del desarrollo de patentes, y son estas empresas las que evitan el grave problema de lo que en los ochenta llamábamos el paro obrero. Del ingenio y de los descubrimientos de los biólogos marinos o de los ingenieros mecánicos pueden depender los trabajos de los pescadores, o de los operarios del sector automovilístico. También, para entender nuestra sociedad y poder planificar con sentido, y no improvisando, se necesitan demógrafos, geógrafos, o sociólogos que aporten teorías y modelos. En las humanidades, entender otras culturas, mentalidades y formas de vida es crucial para poder vender productos fuera, además de la bondad intrínseca de tal conocimiento para el desarrollo integral de las personas y para establecer alianzas entre los pueblos. La crítica intelectual nos puede ayudar a orientarnos y formar nuestro criterio en temas tales como la energía nuclear, los riesgos ambientales, el gasto farmacéutico, las medicinas alternativas o el cambio climático. Y a otra escala, enlazar con aquella élite intelectual de los Tuñón de Lara, Castro, Menéndez Pidal, o Zubiri, y cultivar nuestros vínculos americanistas y con el mundo árabe deberían ser una prioridad nacional si nuestro pequeño país quiere mantener alguna influencia geopolítica.
Si esto lo tiene que hacer la generación Cajal, tendrá que ser con medios, apoyo institucional, y un plan a largo plazo. La ciencia es una maratón. Cuentan la resistencia, la paciencia y la regularidad. No se puede correr una maratón a espasmos, esprintando cien metros y parando un rato, para luego volver a esprintar cuando vuelven las fuerzas. El esfuerzo para conseguir algo en ciencia tiene que ser suficiente y sostenido.
Nuestros representantes deberían reflexionar sobre el hecho de que la inversión en ciencia no se ha demostrado nunca como un despilfarro. Pero la no inversión, sí. Perseverar en la vía del 'que inventen ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones' sólo nos llevará a perder una oportunidad histórica y a desperdiciar a la que probablemente es la generación de científicos mejor preparados que hemos tenido, muchos de los cuales tendrán que volver a irse al extranjero. Además de ser una pena para ellos, el perjuicio para la economía del país será indudable: no sólo nos restará a nosotros, sino que sumará a otros, ensanchando su ventaja comparativa.
Francisco J. Tapiador es profesor titular de la Universidad Castilla-La Mancha y vocal de la Asociación Nacional de Investigadores Ramón y Cajal (ANIRC)