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sábado, septiembre 01, 2007

Pena de muerte

Ilustración: Hans Holbein, Danza de la muerte
Hace unos días leí en la prensa de tres nuevas ejecuciones en Japón, y poco después, de la pena conmutada a un preso en Texas, de la medida de Bush para acortar el tiempo de las apelaciones y acelerar las ejecuciones y de los casos de errores en que se condenó a muerte a inocentes.
Es cierto que, como me recordaba hace poco una amiga inglesa, en Estados Unidos, la opinión pública sigue confundiendo una mentalidad de castigo bíblico de Antiguo Testamento con la aplicación de la ley. Sin embargo, no estamos tan lejos. Cualquiera puede comprender la visceralidad vengativa de un padre que pierde a su hijo por un acto violento o de terrorismo, por ejemplo, pero la ley y el Estado no pueden participar de la mentalidad de las víctimas. No puede ser que el Estado no sea racional sino vengativo y visceral. No puede ser que las asociaciones de víctimas tengan voz en la política antiterrorista. Esas asociaciones deberían servir para negociar las indemnizaciones, no para influir en la conducta del poder ejecutivo ni legislativo.
En el caso de Japón, donde desde que el primer ministro conservador rompió la moratoria han llovido las ejecuciones rápidas, dicen que la opinión pública apenas presta atención a esas ejecuciones, y yo no me atrevería a interpretar nada, sino que más bien planteo un interrogante.
Y en cuanto al resto del mundo, no puede ser que el Corán, el Antiguo Testamento o la Torah, o el legado de cultura que nos han dejado, sean fuentes de legislación. "Ni olvido ni perdono", dijo Enrique Múgica cuando ETA mató a su hermano, y yo comparto su actitud (muy judía) a un nivel vital, personal (mucho más que la actitud cristiana de poner la otra mejilla, que nunca me convenció), pero no política.
En lo personal, creo que no hay que olvidar ni perdonar, porque ese olvido, o ese dejar que se acerque alguien que nos ha traicionado, sólo significa que vuelvan a las andadas. Sólo se debería poder perdonar (dejar que se acerquen) cuando los perpetradores reconocen claramente su error. Ahora bien, una cosa es lo personal, y otra distinta la política. Además, la memoria y la historia, personal y colectiva, son el componente principal de cualquier identidad. Somos nuestra historia y la cargamos y llevamos con nosotros, mejor o peor. Los que prefieren olvidar y pasar página sólo pretenden borrar sus culpas, no asumir sus responsabilidades, sus miedos a enfrentarse, a verbalizar, a criticar lo que saben que no es justo.
Es decir, no habría que olvidar (y la Ley de la Memoria Histórica debería ser valiente y no esa versión light que no convence a nadie), para evitar que las cosas se repitan. Pero creo que no puede ser que el Estado condene a morir. Y por otra parte, nadie debería legislar en caliente, al estilo Sarkozy, ni promulgar leyes espectaculares que después no se cumplen por falta de medios, como ocurre en España, con temas tan diversos como los accidentes de tráfico o la protección contra la violencia de género. ¿Pero en estos tiempos nuestros, quién reflexiona, quién piensa y escucha, a quién le importa?