martes, junio 30, 2009

Slavoj Zizec sobre Irán

Slavoj Zizek
Cuando un régimen autoritario se acerca a su crisis final, su disolución, por regla general, sigue dos pasos. Antes de su colapso real, se produce una misteriosa ruptura; de repente, la gente sabe que el juego se ha acabado y, simplemente, ya no tiene miedo. No es sólo que el régimen pierde su legitimidad; hasta su propio ejercicio del poder es percibido como una reacción de pánico impotente. Todos conocemos la clásica escena de los dibujos animados: el gato llega a un precipicio, pero sigue caminando, ignorando el hecho de que no hay suelo bajo sus pies, así que sólo comienza a caer cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que hay un abismo. Cuando pierde su autoridad, el régimen es como un gato por encima del precipicio: para que se caiga, sólo hace falta recordarle que mire hacia abajo… En Shah de Shahs, un testimonio clásico sobre la revolución de Jomeini, Ryszard Kapuscinski encontró el momento preciso de esta ruptura. En un cruce de Teherán, un manifestante solo se negó a moverse cuando un policía le gritó que se fuera, y al final el policía, avergonzado, simplemente se retiró; en un par de horas, todo Teherán se enteró de este incidente, y aunque hubo luchas callejeras durante semanas, todo el mundo sabía que, en cierta medida, el juego ya se había acabado. ¿Sucede algo parecido ahora?
Hay muchas versiones sobre lo que está sucediendo en Teherán. Algunos ven en las protestas la culminación del “movimiento reformista” de los pro-occidentales, en la línea de las revoluciones “naranja” en Ucrania, Georgia, etc., -una reacción secularizada a la revolución de Jomeini-.Apoyan las protestas como el primer paso hacia un nuevo Irán liberal-democrático secularizado y liberado del fundamentalismo musulmán. Estos se ven contrarrestados por los escépticos, que piensan que Ahmadineyad ganó de verdad: es la voz de la mayoría, mientras que el apoyo a Musavi proviene de las clases medias y de su juventud dorada. En resumen: saquémonos las ilusiones de la cabeza y afrontemos el hecho de que Ahmadineyad es el presidente que Irán se merece. Luego están los que desprecian a Musavi como miembro de la casta del clero, con apenas diferencias cosméticas que le separen de Ahmadineyad: Musavi también quiere continuar con el programa de energía atómica, está en contra de reconocer a Israel, y además, contó con todo el apoyo de Jomeini en tanto que primer ministro durante los años de la guerra contra Irak. Por último, los más tristes de todos ellos son los izquierdistas partidarios de Ahmadineyad: lo que para ellos está realmente en juego es la independencia de Irán.Ahmadineyad ganó porque se mantuvo firme en pro de la independencia del país, desenmascaró la corrupción de la élite y utilizó la riqueza petrolera para reforzar los ingresos de la mayoría pobre: ése es, nos dicen, el verdadero Ahmadineyad más acá de la imagen que nos dan los medios de comunicación occidentales de un fanático negacionista del Holocausto. Según este punto de vista, lo que realmente está pasando en Irán ahora no es sino una repetición de la deposición de Mossadegh en 1953: un golpe de Estado financiado por Occidente contra el presidente legítimo. Esta opinión no sólo hace caso omiso de los hechos: la elevada participación electoral, -del 55% habitual hasta el 85%-, sólo puede explicarse como un voto de protesta. También muestra su ceguera ante una verdadera demostración de la voluntad popular, bajo el supuesto paternalista de que, para los atrasados iraníes, Ahmadineyad es lo suficientemente bueno: no son todavía lo bastante maduros como para ser gobernados por una izquierda secular. Por muy opuestas que sean, todas estas versiones leen las protestas iraníes según un eje de la línea dura islámica frente a los reformistas liberales pro-occidentales, motivo por el cual les resulta tan difícil localizar a Musavi: ¿es un reformista respaldado por Occidente, que quiere más libertad personal y economía de mercado, o un miembro del clero, cuya hipotética victoria no afectaría en cualquier caso a la naturaleza del régimen? Tales oscilaciones extremas demuestran que todos ellos se están perdiendo la comprensión de la verdadera naturaleza de las protestas.
El color verde, adoptado por los seguidores de Musavi, o los gritos de “¡Alá akbar!” que resuenan desde los techos de Teherán en la oscuridad de la noche, indican claramente que ven su activismo como la repetición de la revolución de Jomeini de 1979, como el regreso a sus raíces, la deconstrucción de la corrupción de la revolución tardía. Este regreso a las raíces no es sólo programático; se aprecia aún más en el modus operandi de la multitud: el énfasis en la unidad del pueblo, la solidaridad que todo lo abarca, la auto-organización creativa, la improvisación de las maneras de articular la protesta, la mezcla única de espontaneidad y disciplina, como la escalofriante marcha de miles de personas en completo silencio. Asistimos a un verdadero levantamiento popular de los partidarios de la revolución de Jomeini insatisfechos. Hay un par de consecuencias cruciales que se pueden extraer de esta idea. En primer lugar, Ahmadineyad no es el héroe de los islamistas pobres, sino un verdadero corrupto islamofascista populista, una especie de Berlusconi iraní cuya mezcla de payasadas y de poder político despiadado está causando malestar incluso entre la mayoría de los ayatolás. Su demagógica distribución de migajas a los pobres no debe llevarnos a engaño: detrás de él no están sólo los órganos de la represión policial y un aparato propagandístico muy occidentalizado, sino también una clase de nuevos ricos fuerte, el resultado de la corrupción del régimen (la Guardia Revolucionaria de Irán no es una milicia de la clase obrera, sino un mega-empresa, el centro de riqueza más fuerte en el país). En segundo lugar, se debe establecer una clara diferencia entre los dos principales candidatos enfrente de Ahmadineyad, Mehdi Karrubi y Musavi. Karrubi es efectivamente un reformista, que propone, básicamente, la versión iraní de la política identitaria, prometiendo favores a todos los grupos particulares. Musavi es algo totalmente diferente: su nombre significa la reanimación del verdadero sueño popular que sostuvo a la revolución de Jomeini.Incluso si este sueño fuera una utopía, debemos reconocer en él la verdadera utopía de la revolución misma. Lo que esto significa es que la revolución de Jomeini de 1979 no puede reducirse a una toma del poder por parte de islamistas de línea dura: fue mucho más que eso. Ahora es el momento de recordar la increíble efervescencia del primer año después de la revolución, una explosión de creatividad política y social estremecedora, de organización de experimentos y debates entre los estudiantes y la gente común. El hecho mismo de que esa explosión tuvo que ser sofocada demuestra que la revolución de Jomeini fue un auténtico acontecimiento político, una apertura momentánea que desató, de forma inaudita, las fuerzas de transformación social, un momento en el que “todo parecía posible.” Lo que siguió fue un cierre progresivo a través de la toma de control político por la nomenclatura del Islam. Para decirlo en términos freudianos, el actual movimiento de protesta es el “retorno de lo reprimido” de la revolución de Jomeini. Y, por último pero no menos importante, lo que esto significa es que existe un verdadero potencial liberador en el Islam; para encontrar un “buen” Islam, no hace flata volver al siglo X, lo tenemos aquí, delante de nuestros ojos. El futuro es incierto. Con toda probabilidad, los que detentan el poder contendrán la explosión popular, y el gato no se caerá por el precipicio, y volverá a pisar el suelo firme. Sin embargo, ya no será el mismo régimen, sino sólo un gobierno autoritario corrupto del montón. Sea cual sea el resultado, es de vital importancia tener en cuenta que estamos siendo testigos de un gran acontecimiento emancipador que no encaja en el marco de la lucha entre los liberales pro-occidentales y anti-occidentales fundamentalistas. Como nuestro pragmatismo cínico nos haga perder la capacidad de reconocer esta dimensión emancipatoria, seremos nosotros en Occidente los que entraremos efectivamente en una era posdemocrática, preparándonos para nuestros propios Ahmadineyads. Los italianos ya saben cuál es su nombre: Berlusconi. Otros están haciendo cola.