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sábado, diciembre 13, 2008

Un clima crítico

Foto: I.N., Lledoners de Joaquim Folguera, 2008
He enviado el artículo de Patricia Gabancho "El urbanismo feo" a alguien, que me ha dicho: "Sí, está bien que hable del tema, pero podría ser más crítica y el tema de la falta de verde en la ciudad ni lo menta". En cambio a mí me ha parecido no sólo interesante, sino muy esperanzador que todo esto empiece a decirse en la prensa, que Victoria Combalía califique la plaza Lesseps de "falsa vanguardia", que Francesc Arroyo hable de nuestro manifiesto en El País y al día siguiente reaccionen los partidos políticos. Creo que es esperanzador que se cree un ambiente de debate crítico, que los políticos municipales vean que no vamos a tragar con todo, que pueden perder sus votantes, que no pueden arrebatarnos la frondosidad a su capricho una y otra vez.
Decía Patricia Gabancho sobre Lesseps: "Pero miremos la plaza desde la perspectiva humana: es un vasto espacio paradójicamente lleno de ruido visual. Entregarle la ornamentación al señor Viaplana, a la vista de lo mal que ha envejecido la plaza de los Països Catalans, delante de la estación de Sants, era un riesgo cantado. Vigas adustas y miradores extraños constituyen la parte que se supone blanda de este espacio excesivo, despojado de sombras y de efectos amables. Un espacio, además, escasamente verde (excepto un rincón futuro), cuando la antigua plaza, impracticable como era, albergaba un bosquecito excepcional. ¿Era imposible salvarlo?"
Tal vez hemos perdido la batalla de nuestros almeces de la plaza Joaquim Folguera, enero está aquí mismo y la sola idea de ver cómo los cortan me remueve las entrañas. No sé qué podemos hacer para evitarlo. Y tampoco me consuela esa esperanza de algunos de que dejen metros de tierra en la pobre plaza para replantar algo. En este país, los arquitectos no tienen ninguna sensibilidad verde y los paisajistas no reciben el trato al que están acostumbrados en Inglaterra o Alemania o Francia, donde trabajan en pie de igualdad con los arquitectos. Aquí son humillados una y cien veces por éstos, que son arrogantes como el autor de Lesseps, y se creen efectivamente por encima del bien y del mal. No creo las promesas de los políticos (arboricidas). También engañaron a los vecinos de Lesseps con este espantoso proyecto. Además, me parece gravemente antisostenible pensar en los árboles como un mobiliario de quita y pon, desdeñando los años que han tardado en crecer ni las reducidas posibilidades de que crezcan. Y menos sin tierra, con tierra compactada, sin espacio en los alcorques, con sequía y contaminación.
Ayer, al atravesar la plaza Joaquim Folguera, vi el círculo de almeces como el cerro de los faunos del cuento, como aquellos claros del bosque donde según la tradición mítica nórdica se producían los encuentros de hadas y ninfas, donde se reunían los duendes de los libros que yo leía de pequeña, un lugar mágico y secreto, protector de los malos espíritus del cemento y el ruido. A veces pienso que mucha gente, al meterse en sus coches se convierte en una especie de robot maligno, incapaz de pararse o de avisar para evitar que matasen al perro heroico y triste del otro día, y son capaces de lo que sea con tal de llegar antes a su estúpido destino. De sus rugidos de leones contaminantes y del peor estruendo y suciedad de las obras que enriquecen a los corruptos nos protegían esos árboles amables que recordaban al poeta de la plaza. Ahora el espíritu de Joaquim Folguera tendrá que emigrar y nosotros, ciudadanos envilecidos, atravesaremos otra cantera de cemento, polvo y ruido, con un pañuelo en la nariz y el corazón encogido ante la nueva fealdad de Barcelona. [me temo que se me ha colado un trozo que corresponde al otro blog]

domingo, septiembre 21, 2008

¿Todo cae?

Foto: Manel Armengol, Islandia, 2008
Como he escrito en otra parte, estos días las páginas económicas, que yo nunca leía, están llenas de pasiones: se habla de aliento contenido, de huidas y evasión, de negación de la realidad, de coraje e imaginación, de fijación en los parches insuficientes, del valor que haría falta para afrontar y resolver. Se evoca el crash del 29 y los suicidas arruinados cayendo de los rascacielos, los millones de parados en la Europa de los treinta, el miedo, los indigentes, las caídas de regímenes. Soros dice en Le Monde que incluso el gigante chino verá caer sus restos de régimen comunista por culpa de unos mercados parados, sin consumo en la exportación. Unos dicen (The Guardian) que la intervención del Gobierno norteamericano ha mostrado agallas e imaginación, otros dicen (Krugman en El País) que aunque esa intervención norteamericana evoque esperanzadoramente la intervención sueca en los noventa, en que el Estado tomó temporalmente el control del sistema financiero durante unos meses y resolvió las cosas evitando males mayores, en USA no osarán hacerlo (los neocons se rasgarían las vestiduras, si a esta intervención ya la consideran "socialista"), y los resultados serán peores. En este país, el presidente de la CEOE advierte que si no se toman las medidas adecuadas, caerán todas las empresas una a una.
En mi ignorancia, me pregunto qué ocurrirá. He oído que algunos celebran la crisis diciendo que así dejarán de construir, pero yo no soy tan optimista. Al contrario: por lo visto, para paliar supuestamente el parón inmobiliario, nuestros políticos han decidido extender sus caprichosas y discutibles infraestructuras y hacernos la vida imposible a los ciudadanos, fomentar la contaminación y el ruido y talar todos los árboles (así no habrá que gastarse en podar ni regar, dicen). Por cierto, que Francesc Arroyo escribe una interesante nota sobre el ruido e Inma Mayol en El País, al final de esa pequeña sección de "perlas".
O bien, como Zapatero, deciden cortar la inversión en I + D y poner más dinero en lo inmobiliario. Y nuestro ayuntamiento se lo pone difícil hasta a los turistas (ayer, con la Via Laietana cortada, decenas de viajeros desfilaban andando furiosos hacia sus hoteles en Ciutat Vella, ya que los taxis no podían entrar). Ruido, polvo, obras, cortes y precios excesivos llevarán el turismo ailleurs. Y sin industria. ¿Qué será de nosotros?
Oigo un vecino que ensaya una música maravillosa con su violín y pienso en aquel concierto improvisado en un tejado que Maeve Brennan contemplaba en sus piezas sobre Nueva York. Me he hecho una ensalada deliciosa, mezclando las judías verdes de ayer con lechuga, atún, pepitas de calabaza y tamari y sólo pido a los dioses griegos que me dejen seguir viviendo como ahora, que no conviertan mi vida en una pesadilla, indigente, huyendo de esos skins que apalean y prenden fuego a los pobres. Mientras pueda refugiarme en algún sitio con mis libros, yo seguiré leyendo para consolarme, o contemplando las fotos que Manel Armengol hizo en Islandia.