miércoles, enero 10, 2007

Columnas

Foto: ¿Cariátides o atlantes? Ermitage, San Petersburgo, 2004 Yo siempre quise tener una columna en un periódico o una revista, incluso llegué a proponer una columna sobre la ciudad, pero no la aceptaron, querían naturalmente a alguien que les hiciera vender más periódicos, alguien provocador y lo que llaman "políticamente incorrecto", por ejemplo, ingeniosamente misógina como Empar Moliné. Pero ese no es mi caso. Mis columnas eran demasiado literarias, dijeron otros. O bien ¿para qué queremos más? Tenemos a todos los columnistas que necesitábamos, me dijeron los terceros. Mis columnas sólo le gustaban a Carles Hac Mor, a Lydia Oliva, a Joan Comas o a los lectores de mi blog. San Petersburgo es una ciudad literaria y yo tuve la suerte de ir a hospedarme a casa de un amigo gay filorruso que tenía entonces y que luego dejó de quererme, y pude visitar la maravillosa casa museo de Akhmatova, me encantan esas casas museos a la rusa, sin aspavientos, con papeles explicando lo que se ve en cada habitación y más con la historia dramática y especial de esa poeta, (The Anna Akhmatova Museum at the Fountain House donde vi un vídeo genial sobre su historia), la de Dostoievski, DOSTOEVSKY RESEARCH STATION: 200 Relevant Links- y las de Pushkin (hay que ponerse esos zapatos de tela sucia sobre los propios) y Saint Petersburg Nabokov Museum (Speak Mnemosine), pero también de subir a esos taxis improvisados de gente que te lleva a un sitio por un precio negociado y barato, a toda velocidad y fumando como serbios, fui al Marinski a ver Manon Lescaut, pero también asistí a un party ruso donde Serghei bailó conmigo sin tasa y bebió vodka con pasión (a mí se removía el higadillo sólo de verle) y al día siguiente probé maravillosas ensaladas de pickles y borscht en otra casa y pude pasear con mis anfitriones por el barrio de Rashkolnikov y probé los mejores kéfir y me llevaron a algunos palacios y escuché muchas historias con acento ruso. Serghei, que era actor, había comprado su habitación en una komunalka pero no podía vivir allí ni venderla, porque todos sus vecinos eran alcohólicos y dejaban la puerta abierta y entraban siempre ladrones. Dima, un guapo arquitecto soñador que apareció en un museo llenándolo todo de luz, me contó su teoría de las 9 estaciones de su ciudad, los mosquitos nos acribillaron en su bonito y caótico apartamento sobre el río, merendamos en un barco una especie de cóctel de frutos del bosque, y fotografié a esas mujeres vestidas como inglesas excéntricas en versión eslava que venden frambuesas y ramitos de flores en la calle. Y tantas otras cosas.