martes, enero 09, 2007

Texto que leí en la cárcel de Quatre Camins

Al otro lado En 1974, cuando ejecutaron al anarquista Puig Antich, yo me hice comunista. Ahora sé que fue un gesto incongruente, porque los comunistas no hicieron mucho por ayudarle. Pero entonces no lo sabía y quería hacer algo más que ir a las manifestaciones o huir de la policía en el cementerio, tirando claveles rojos contra el cielo. No es que no hubiera más candidatos. Mis mejores amigos, en un sentido más íntimo y festivo, eran anarquistas. Y una tarde de sábado, cuando Lesseps era aún una plaza quieta de Barcelona, con sombra silenciosa de acacias y sauces, fui a una reunión trotskista, invitada por un chico de pelo crespo y rizado al que llamaban Bé, que tenía las palmas de las manos misteriosamente brillantes, como cubiertas de una película de pegamento transparente. En aquella reunión nos repartieron un papel impreso y enseguida vi que el tercer punto de la orden del día era el Asalto al Estado. Yo miré a mi alrededor: si aquellos éramos los que teníamos que asaltar el Estado, la cosa no iba a acabar bien, así que me fui antes de que terminaran de hablar. Un profesor de matemáticas me había prestado una edición vieja de Las cuatro tesis filosóficas de Mao, y me gustó, pero a diario y en persona, los maoístas irradiaban un aire vitalmente puritano y excesivamente heroico que me repelía. Fui a algún seminario de Bandera Roja, en el salón de una casa burguesa, con sofá de terciopelo pardusco, pero había que estudiar con un libro que parecía escrito para niños. Los comunistas me dieron un nombre de guerra al que nunca me acostumbré. Oía gritar Teresa por la calle y no me volvía. El curso siguiente nos distribuimos por los institutos y yo me matriculé en uno que estaba cerca de la Cárcel Modelo. El nombre parecía una parodia amarga, y aquel edificio me impresionaba. Era sólo una representación: entonces, el país entero era una gran cárcel, todos éramos sospechosos y estábamos sometidos a una torpe pero constante vigilancia. Por la calle nos pedían el carnet de identidad, estaba prohibido besarse, ir disfrazado, ser homosexual o reunirse más de cuatro personas. Y al mismo tiempo, la cárcel me recordaba otros encierros, otras prisiones (todos somos prisioneros de algo). Recuerdo bien haber pasado todos los días junto a aquellos muros rosados con las torretas de vigilancia. Me contaron que una noche, dos de aquellos comunistas jóvenes, algo atolondrados con sus sprays, vieron una pared inusualmente despejada que les pareció ideal para hacer una pintada. No sé qué escribieron. Tal vez Llibertat, amnistia o algo similar. No vieron las torres ni se fijaron dónde estaban. Les detuvieron inmediatamente. A veces, al pasar por Entenza o incluso desde el Instituto, llegaba de la cárcel un sonido especial, un estrépito metálico de cubiertos golpeados ferozmente al unísono, una advertencia que sobrecogía por su intensidad rítmica. Se hacía un silencio alrededor, como si la calle entera contuviera el aliento ante el gesto de una multitud invisible de hombres encerrados en medio de la ciudad, protestando por las condiciones de su encierro con un ritual poderoso y oculto. Desde fuera, la cárcel era como un silencio encerrado entre muros, como un calcetín vuelto del revés, que secuestrara una parte del mundo y la ocultara a la vista de todos. Más lejos y entonces mucho más oculta y olvidada, estaba la cárcel de mujeres, donde fui dos veces a buscar a una amiga que salía y escuché relatos sarcásticos de su extrañamiento y de los personajes dostoievskianos que había conocido. También en aquella época, sentenciaron a un amigo a un año de cárcel. Le habían cogido en una manifestación con una piedra en la mano y le acusaron de terrorismo. Su abogado me pidió que le hiciera de “novia oficial”, porque su familia estaba lejos, su padre era guardabosques en un pueblo de Burgos y nadie podía hacerle visitas. Así, todos los miércoles, yo hacía cola en medio del abigarrado y colorido bullicio de mujeres con niños que iban a ver a sus hombres. Muchas me preguntaban y me contaban historias interrumpidas, que entonces me chocaban y que olvidé hace tiempo. Yo tenía diecisiete años. Llevaba paquetes, que un funcionario hosco abría y examinaba en una ventanilla. Era inevitable pensar en el mito cinematográfico de la lima dentro del pan. Siempre me pareció increíble que alguien pudiera limar unos barrotes y escapar así. Ya no recuerdo qué había en aquellos paquetes, pero creo que eran más bien libros y cosas que él había pedido. Durante las visitas, mi amigo estaba cerca y lejos, al otro lado de una doble separación de metacrilato transparente, con unos agujeritos que no coincidían y que impedían que nos tocáramos la mano siquiera para saludarnos. A veces, no sabíamos qué decirnos y nos entraba la risa, más que dramático, aquello era ridículo, aunque también fuese difícil o produjese rabia; pero él me había prohibido llorar. Al cabo de unos meses le concedieron el traslado que había pedido: la Modelo no era una buena cárcel para presos políticos, porque había pocos y no habían conseguido mejoras sustanciales. Un día corrió un falso rumor de que habría amnistía y fui a verle a Zaragoza con dos de mis hermanas. Era poco antes de Navidad y a mí me habían robado la documentación en un mitin, así que sólo llevaba un resguardo provisional del carnet. Llovía mucho y el frío era intenso. El coche se nos paró en la carretera, llena de camiones, y no había forma de arrancarlo, pero al fin logramos llegar. La cárcel me pareció gigantesca, helada y medieval: sólo le faltaba un foso y un portón con cadenas. Entonces no sabía del historial terrible y represivo de hambre, infecciones y hacinamiento de aquel penal justo después de la guerra civil. Vi toda la ciudad contaminada de aquella hostil melancolía, o de la fealdad del Pilar que tanto gustaba a los franquistas. No sé cómo convencí al director de la cárcel de que me dejara verle, sin llevar siquiera la documentación precisa. Tal vez fuera mi edad o la desesperación de aquel viaje inútil, pero acabó accediendo. Mis hermanas tuvieron que quedarse fuera. Nada más cruzar el patio de la cárcel, con hielo en los charcos, tropecé con una rata que corría, tan asustada como yo. En la visita, mi amigo estaba mucho más lejos que en la Modelo: entre nosotros había un corredor por el que paseaba un guardia armado, que de vez en cuando nos tapaba la visión mutua, y teníamos que hablar a gritos. Más tarde, mi amigo pidió el traslado a Jaén, donde había un montón de presos políticos, y según él, comparado con las otras, aquella cárcel parecía un internado o un colegio mayor. Yo le escribía cartas y le mandaba paquetes. Una vez, entre varios amigos, le hicimos un damero, una especie de crucigrama, y la solución era un eslogan famoso y entonces prohibido, como casi todo: “El pueblo unido jamás será vencido”. Nos moríamos de risa componiéndolo. Lo censuraron: era gracioso imaginarse al funcionario intentando resolverlo. Se lo dieron al salir de la cárcel, cuando ya lo habíamos olvidado, y él había cumplido el año de condena. Eran otros tiempos. Pero la cárcel sigue siendo un calcetín vuelto al revés, que recoge una parte del mundo y la encierra entre muros rosados o grises, y quizás ofrezca a cambio un paréntesis de tiempo, un tiempo que en la calle apenas existe, salvo para unos pocos. Lo que llamamos azar o destino podría ser sólo una red tupida de circunstancias externas, encuentros, errores, impulsos eléctricos, costumbres arraigadas, estrategias históricas y leyes interpretadas. Aun con las diferencias, tal vez nadie esté protegido contra sí mismo, tal vez todos podríamos estar alguna vez al otro lado.