Mostrando entradas con la etiqueta psicoanálisis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta psicoanálisis. Mostrar todas las entradas

jueves, diciembre 11, 2008

Una Carta en El Periódico

Foto: I.N., Balcones en Barcelona, 2008
Enfermedades mentales graves, según "La Marató".
La Marató de TV-3 trata este año de las "enfermedades mentales graves" y pone al mismo nivel varios trastornos: esquizofrenia, depresión, ansiedad, déficit de atención e hiperactividad, autismo y trastorno obsesivo compulsivo. ¿Hasta qué punto se puede considerar que la ansiedad es una enfermedad mental grave? ¿Y la depresión? Muchas personas con esos diagnósticos no sufren una distorsión grave de larealidad; de hecho, no tienen pérdida del sentido de la realidad. Pero en la esquizofrenia sí se da esta pérdida. ¿Es legítimo ponerlos a todos en el mismo saco? Por otra parte, en La Marató se habla de potenciar la investigación en el campo de la biomedicina, pero no se hace alusión alguna a los aspectos psicológicos y sociales, muy relevantes en el desencadenamiento y evolución de los llamados trastornos mentales. Los profesionales que trabajamos en salud mental oímos cada día las quejas de muchas personas que nos hablan de sus dificultades para encontrar su lugar en la vida, establecer vínculos sociales, tener pareja, tener un empleo que les permita realizarse, enfrentarse al sentimiento de soledad; en definitiva, para poder trabajar y amar.¿Cómo es que en la difusión de La Marató no se hacen referencias al sufrimiento de las personas? ¿Por qué no se menciona la atención psicoterapéutica ni la potenciación de los recursos psicológicos de los pacientes? El ser humano, su mente, no puede explicarse solo en términos de circuitos cerebrales, y los problemas mentales tampoco pueden explicarse únicamente como el resultado de una disfunción de algún neurotransmisor cerebral. La mente humana es mucho más compleja.
Lluís Farré, Josep Moya. Barcelona

miércoles, septiembre 10, 2008

Pensamientos, memoria

Foto: Manel Armengol, Estrets, 2007
En una reunión sobre memoria histórica desde la perspectiva de la salud mental, comentando un estudio donde se ha trabajado sólo con los vencidos de la Guerra Civil, alguien planteó la necesidad de recoger también la violencia arbitraria que se generó en ese bando. Naturalmente, otros matizaron enseguida recordando lo que ya sabemos y no está de más recordar: si en el bando republicano, la violencia fue obra de grupos incontrolados y se limitó estrictamente a los años de la guerra (una guerra creada tan sólo porque los insurgentes de Franco se rebelaron contra el único Estado legalmente constituido, que era la República), mientras que en el otro lado se trató de violencia de Estado, que se prolongó con saña durante todo el franquismo, y se utilizó como arma para reprimir y para ahogar toda crítica, toda disidencia y vengar toda participación en las instituciones del gobierno legítimo, las Universidades, los hospitales, todo.
Sin embargo, me quedé pensando que para mí hay algo importante en ese reconocimiento otro, esa parte difícil de los errores de los vencidos. Por una parte, desde un punto de vista ideológico, porque la idea de la izquierda -eso que ya no existe en este país- implicaba la capacidad crítica y autocrítica, la capacidad de cuestionarse y de debatir, la capacidad de analizar y de tener pensamientos distintos, a diferencia de esa derecha recalcitrante, que funcionaría como un bloque, como un ejército donde nadie puede expresar su opinión, sino que siguen ciegamente las órdenes sin preguntar. Y por otra parte, porque eso también coincide con lo que V. me recordaba el otro día del psicoanálisis, que nos permite salir de la situación de víctimas o no asumirla como tales y preguntarnos las razones de estar ahí, nos recuerda que no somos inocentes. Por eso me parecía coherente que en unas jornadas sobre el exilio, se recordara que en esas largas y penosas colas de gente que se marchaba también debía de haber algunos que cargaban con la culpa de sus atrocidades. Porque en todas las guerras civiles, también llamadas guerras intestinas, hay gente que aprovecha la ausencia de Estado para sus venganzas personales o para desahogar su desesperación social o personal mediante la violencia arbitraria, o que participa para quedarse con la casa de otro. Y poder reconocer esa parte (la banalidad del mal arendtiana) no debilita en realidad ni menoscaba el horror desigual de cuarenta años de dictadura con pena de muerte y represión, aunque tácticamente parezca dudoso hacer autocrítica en un momento en que triunfa el pensamiento más simple, el discurso fácil. Pero más allá de los sentimientos subjetivos y necesarios de los que han sufrido en su cuerpo o en su familia el largo ensañamiento del franquismo, de todos aquellos que no pudieron enterrar a sus muertos, de los que no pudieron ejercer su profesión, de las mujeres libres e independientes que tuvieron que regresar a una situación medieval en la que necesitaban permiso del padre o el marido para cualquier cosa, más allá de eso, hay que poder reconocer y repensar cómo se hicieron las cosas, analizar, intentar comprender.
Yo vuelvo a felicitarme de la iniciativa de Garzón, aunque sea difícil, aunque como dicen algunos expertos, él sólo esté sustituyendo jurídicamente lo que debería hacerse y no se hace en el terreno político. Pese a todo, es una iniciativa importante y mucha gente, el país entero que fue truncado, merece ese reconocimiento, esa restauración. Poder enterrar a esos muertos, hacer ese duelo que quedó perversamente interrumpido. Restaurar la propia verdad, ver reconocido por la justicia y las instituciones el propio sufrimiento de tantos y tantas. Además, todos aquellos que hablan de no reabrir heridas (presuponen o reconocen que las hay, que no son cicatrices) olvidan que para curarlas y para que no se infecten, hay que airearlas, limpiarlas con pinzas, separando cada cosa, como en el análisis.
También quisiera recordar aquí que he leído a algún historiador decir algo que siempre he pensado. Que la monarquía, mal que les pese a algunos, nunca ha sido legitimada en las urnas ni en ningún referéndum democrático (sólo en la dictadura) y que en este país, lo único legítimo sigue siendo la República. Sigo pensando que este país no mejorará si no recupera la memoria por completo. Porque la falta de memoria significa ignorancia suprema, analfabetismo de facto, incapacidad para reflexionar, para ejercer los propios derechos, para ser ciudadanos y no súbditos, para no dejarnos avasallar ni abusar.

domingo, mayo 18, 2008

Trauma, transmisión, memoria histórica

Goya, Los fusilamientos del 2 de mayo, detalle.
Ayer por la mañana tuve una reunión del grupo de Trauma i Transmissió, que trabaja la memoria histórica desde el punto de vista de la salud mental. El encuentro fue interesante y lleno de vías para seguir pensando y trabajando. Durante este año seguiré colaborando con ellos en la medida que pueda, haciendo entrevistas y escribiendo.
Por cierto que hace unos días tuve ocasión de asistir a la presentación del informe de ese trabajo de investigación en el Colegio de Psicólogos de esta ciudad. La presentación fue memorable, porque además de las psicoanalistas que han dirigido la investigación e impulsado el proyecto, Anna Miñarro y Teresa Morandi, y de la psicóloga que se encargaba de las encuestas, asistió una testigo de excepción, Josefina, una mujer que con la narración de su caso hizo una demostración de cómo pasar del trauma a la re-significación, y sus palabras servían para explicarme a mí misma mi transformación con el psicoanálisis, es decir, de cómo las propias heridas y hándicaps y dolor antiguo los llevaremos siempre con nosotros, pero podemos lograr reconvertirlos en algo favorable, darles en cierto modo una vuelta. Y su experiencia traumática había empezado en Figueres, donde yo nací.
Sólo me chocó que, a diferencia de la abarrotada sala de la presentación pasada en el Museu d'Història, en esta ocasión asistieran tan pocos psicólogos, algo que -tal vez me equivoque y fuera casual- me pareció sintomático de la indiferencia de este país por su memoria, por lo más importante que ha ocurrido en el siglo XX, por la manera en que esos hechos -guerra y posguerra y años de silencio- siguen afectándonos.
Son esos 2 minutos de silencio que cada año dedican los holandeses a conmemorar sus heridas (y que aprovechó Heddy Honigmann para escuchar a los supervivientes, los familiares de seres desaparecidos, los hijos de delatores y nazis, y los que ni siquiera podían articular palabra), esos 2 minutos de silencio que nosotros no nos concedemos para pensar, 2 minutos que cada año negamos y que nos llevan no sólo a la amnesia, sino también a la burramia, a la violencia, a los problemas de identidad.
Y también está el problema de la no-escucha de tantos profesionales de la salud mental en este país, esa falta de formación y de sensibilidad hacia la memoria histórica en un lugar como éste, donde el terror no terminó en los años de la contienda, sino que se prolongó durante toda la larga dictadura, y donde los vencidos y sus familias tuvieron que vivir la represión en todos los campos, desde la ejecución y la cárcel a la imposibilidad de ejercer su profesión, la miseria, el aislamiento, y el silencio general.
En Europa, médicos y profesionales de la salud mental están acostumbrados a preguntar a los pacientes qué hicieron o qué les ocurrió en la guerra (a ellos, a sus padres y abuelos). Aquí esa pregunta no existe, y eso genera que nadie asocie los síntomas posteriores ni encuentre la causa. Se citó el caso de un hombre de 80 años, violento y maltratador, con un historial psiquiátrico en el que nadie le había preguntado, y sólo al aterrizar en manos de estas psicoanalistas se supo que había sido torturado y encarcelado, una condición que era necesaria y decisiva para ayudarle. Resulta curioso que se prefiera simplemente encerrar y medicar a los pacientes, cerrarles la boca. Tampoco se asocia la tristeza o la violencia de los nietos, tercera y cuarta generación, porque lo que ocurrió a sus abuelos no se habló, no se resolvió, y el silencio pasó cargado de unos a otros.
La narración de las vías de resignificación y superación del trauma me pareció también interesante: a través del asociacionismo y la actividad política y social, el arte y la escritura, principalmente. Y el poder destructivo del silencio, que transmite su carga como una losa a través de las generaciones.

jueves, noviembre 08, 2007

Contra la medicalización de la infancia

Otro poderoso mercado que en este país no se contiene ni regula suficientemente es el de los laboratorios farmacéuticos. Una fundación de psicoanalistas y profesionales de la salud mental ha lanzado la Plataforma contra la medicalización de la infancia, explicando los perjuicios terribles que los fármacos producen en los niños, ahora que se les administra Prozac, estimulantes anfetamínicos a los etiquetados "hiperactivos", etc.
Para paliar la angustia, en lugar de hablar, jugar, escuchar, interpretar, se intenta dormir y hacer callar a esos niños, aún al precio de dañarles para siempre. El otro día hablé de esto en mi otro blog.
Por suerte, aún quedan profesionales que luchan para detenerlo.
Luego nos "protegen" contra el tabaco, mientras nos exponen a la contaminación, el ruido, las sustancias tóxicas en la construcción y los fármacos, que sólo son drogas legales. Lo dijo Dante Bertini el otro día: algunos, en vez de médicos, tienen camellos legales. Esos médicos que aceptan las gratificaciones de los laboratorios. Esos políticos que dan entrada a medicamentos sin vigilar sus efectos ni encargar estudios independientes.
Hoy sólo quiero hacerme eco de esa Plataforma y aludir a un libro necesario, donde se explica que la clasificación de los trastornos mentales es artificial y se dirige al consumo de fármacos, es decir, se inventan trastornos o se etiquetan como tales los síntomas para comercializar fármacos. Y como triste demostración de que si nadie lo detiene, ese mercado avanza sin escrúpulos, en Estados Unidos acaban de autorizar el Prozac para niños.