viernes, mayo 18, 2007

Barcelona, archivo de cortesía

Mucho ha cambiado el espíritu de esta ciudad desde que Cervantes la definiera como "honra de España... amparo de los estrangeros... correspondencia grata de firmes amistades... archivo de cortesía". Tal vez eran aquellos bandoleros robinhoodianos como Roque los que le dieron esa impresión. Reconozcámoslo, en esta ciudad, la "cultura de empresa" es la antipatía, una especie de timidez "saboría" que consiste en apenas saludar, no tener iniciativa, hacer como si no recordáramos a la gente, a menos que haya un objetivo preciso y pragmático.
Hay gente que sólo te saluda si te ven hablar con alguien a quien consideran importante. Algunos, con tal de no hacer un gesto de cabeza, aunque la relación haya sido buena, prefieren fingir que no te ven. Para los recién llegados, la ciudad, dejando el clima y las dimensiones aparte, es muy dura. No hay calor, ni simpatía manifiesta, ni interés o curiosidad aparentes. El mundillo cultural sólo refleja esa misma combinación, pero tal vez más mezquina, exceptuando a los que trabajan en ámbitos como la memoria histórica, movimientos solidarios, etc. En el resto, no hay redes apenas, ni receptividad, ni apoyo explícito. La falta de iniciativa se da en todos los terrenos. Una amiga de por aquí solía decir: "Si un hombre te mira, lo miras y no te retira la mirada, es que no es catalán." Según ella, una lengua que para expresar amor dice "estimar", que parece un verbo estadístico, sólo puede definir a gente incapaz de expresar emociones.
Yo soy de aquí, y no puedo negar que me causa desconcierto la costumbre madrileña de besar a todo el mundo o la facilidad con que la gente se pone a hablar con desconocidos en cualquier ocasión. Pero otras veces me desespera esta atmósfera de país quieto, convencional, antipático y descortés, de familias decimonónicas, de gris normalidad burguesa y autocomplaciente, tan exagerado en Sant Gervasi.
Ayer despedí a una traductora del noroeste que se iba decepcionada de la frialdad ambiental. La ventaja es, dice mi amigo serbio, que en Barcelona "te dejan en paz"; si no quieres salir, si quieres encerrarte, no te molestan. A él le viene bien, para contrarrestar con la locura social balcánica, la hospitalidad "agresiva", la obligación de aceptar las invitaciones, la insistencia forzada al gregarismo.
Naturalmente, viviendo aquí, se acaban encontrando buenos amigos, interlocutores interesantes, gente culta, excéntrica y distinta, espíritus libres que piensan por su cuenta, excepciones maravillosas. Pero la atmósfera general para los que llegan es bastante terrible.